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¿Histórica?. Las causas de la pronunciada bajante del río Paraná

Francamente me irrita cuando escucho comentarios argumentativos del tipo “bajante histórica”, referidos al reducido caudal del río Paraná -que lleva más de un año-, con niveles alarmantes, deficitarios y pronunciados. Acá la historia no tiene nada que ver, en cuanto a explicar el lamentable fenómeno. Excepto sea para comprender que históricamente nunca antes la incidencia negativa del hombre, significó la depredación de un recurso hídrico como el Río, de una manera tan catastrófica como en este tiempo.

 

25-07-2021

Acá el único culpable por el desmanejo es el hombre, que por ambición, arrogancia, negligencia e inoperancia ha provocado grandes desequilibrios ambientales, que, por sumatoria de factores como la deforestación, ha desencadenado situaciones climáticas extremas e innumerables pérdidas de recursos naturales, solamente explicables desde el significado del cambio climático. Lamentablemente tomamos conciencia de esta realidad ahora que tenemos el agua a la altura de los tobillos, de tan poca profundidad que tiene el Río.

Paradójicamente, quienes históricamente debieron ocuparse del tema -por funciones y atribuciones-, se preocupan por los problemas más urgentes que acarrea esta situación de emergencia: el desabastecimiento de agua para el consumo humano y la imposibilidad para la navegación, que complica (y en algunos casos imposibilita) el tráfico por la hidrovía. Pero para llegar al entendimiento de una consecuencia –y eventualmente a una solución en términos de mitigación-, primero hay que conocer las causas.

Y es aquí donde hay mucha tela para cortar. El “cambio climático” es un cambio de clima atribuido, directa o indirectamente, a la actividad humana, que altera la composición de la atmósfera mundial y que se suma a la variabilidad natural del clima observada durante períodos de tiempo comparables, según la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Un cambio climático puede tornarse peligroso cuando amenaza severamente a las sociedades, sus economías y el mundo natural.

En este punto la definición aplica perfectamente respecto de una situación que se puede tornar peligrosa para la gente, su economía y su entorno natural. Existen dos factores insoslayables cuando hablamos de incidencia humana: el excesivo represamiento del Río Paraná en territorio brasileño, con nada menos que 60 embalses distribuidos en toda la cuenca y la no menos abusiva deforestación para el uso de suelo con fines agrícolas o inmobiliarios; sumado a la cuantiosa pérdida de la masa boscosa en el Amazonas por incendios forestales.

Aquí casi nada queda en pie de lo que otrora fueron los exuberantes bosques de la Mata Atlántica, los quebrachales y algarrobales de la Región Chaqueña y por si fuera poco ahora el último reducto virgen de la Amazonía. La mala noticia es que a esta situación no se llega por una fatalidad del destino, sino por una acción metódica, sistemática y prolongada de abatimiento de árboles -uno tras otro-, en nombre de la civilización y el progreso. Años y décadas de exterminio del bosque nativo, avasallado por el filo del hacha, la motosierra y el peso de la topadora, herramientas eficientemente complementadas por efectos de la hoguera, terminaron transformando un vergel en un infierno.

 

Como bien explicó el geógrafo Alan Forsberg, hace más de veinte años se estudió la incidencia de los ríos atmosféricos en nuestras latitudes. La lluvia que hace caudaloso al Río Paraná es producto de un fenómeno único: los ríos voladores de la Amazonía. Estos procesos extensos de evaporación y precipitación en el bosque crean baja presión atmosférica que atrae constantemente al aire húmedo del océano creando una “bomba biótica de humedad”. Este prodigio sólo funciona en los bosques naturales prístinos. Ni la vegetación de los bosques clareados artificialmente y explotados, ni de las plantaciones, pastizales o cultivos son capaces de activar la bomba biótica y mantener la humedad suficiente para la vida óptima.

Esta mala intervención humana deriva en una sequía que está secando el Río, agravado por el excesivo represamiento del agua en Brasil.  Según información de la página web oficial de la Represa de Itaipú, la Cuenca del Paraná, que abastece al embalse, abarca seis estados brasileños y el Distrito Federal. Su región, de 820.000 kilómetros cuadrados, es la más industrializada y urbanizada de Brasil. Concentra un tercio de la población brasileña en centros urbanos como São Paulo, la mayor ciudad de América Latina. En la cuenca hidrográfica con la mayor capacidad instalada de energía eléctrica del país y también la de mayor demanda.

El crecimiento de grandes centros urbanos, como São Paulo, Curitiba y Campinas, en ríos de cabecera, genera una gran presión sobre los recursos hídricos por el enorme consumo de agua para abastecimiento, y también para industria e irrigación. A esto hay que sumarle la contaminación orgánica e inorgánica (efluentes industriales y agrotóxicos) y la eliminación de la mata ciliar, que contribuyen a elevar el nivel de degradación de la calidad del agua de grandes extensiones de los principales afluentes del curso superior del Río Paraná.

El problema radica en que la ceguera por la falta de conciencia, respeto e inacción nos ubica a los humanos en umbrales de una situación catastrófica. La aparición de la pandemia, ha demostrado lo desastrosas que pueden ser las consecuencias por la pérdida de especies y ecosistemas. Al reducir el área de hábitat natural para los animales, hemos creado las condiciones ideales para que los patógenos, incluidos los coronavirus, se propaguen a nuestra especie.

Frente a este diagnóstico centrarse en la restauración se presenta como la única acción reparadora posible –además de frenar las causas que originaron esta crisis-, con la aplicación de políticas públicas de gobierno, orientadas enérgicamente a detener y revertir este significativo daño, pasando de la sobre explotación de la naturaleza, a su curación. Cuanto más tiempo nos tome entender estas causas, más tiempo padeceremos las consecuencias del cambio climático, aunque resulte más cómodo y políticamente correcto buscar explicaciones en la historia.

Autor: Horacio Torres

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