Ser profesional o no. Las dificultades de los médicos para adaptarse a la función pública

“El Doctor este mes no va a atender porque está dedicado totalmente a la campaña electoral”. La simpática voz de la secretaria desconcertó a Noemí. Había puesto muchas esperanzas en la consulta con este médico que tanto le había recomendado su cirujano luego de una compleja operación.

 

20-01-2024

 “Nosotros hemos hecho todo lo posible pero ahora tenés que seguir en manos de un especialista y te voy a recomendar el mejor”, le había expresado con mucho énfasis.

Decepcionada, desorientada, angustiada y con cierta bronca acudió a su hija, paciente mía, para que la ayudara.

Así fue como conocí esta pequeña historia. “Mi mamá no quiere saber nada con ese médico y se pregunta muy enojada que hace en política sí lo que debe hacer es atender a los enfermos y que ella lo necesita ahora”! me cuenta Daniela a la vez que, también ofuscada, me pide que le recomiende “otro”. Sin dudas, el colega le había recomendado el más apto, pero  ante el requerimiento debía darle mi mejor respuesta por lo que le señalé tres nombres de muy buenos especialistas locales para que consultara.

Ahora bien, sé que hay mucho escrito sobre el rol que le asigna la sociedad al médico y que éste a pesar de que ha ido cambiando a través de los tiempos, en general, no se  lo piensa y muy probablemente no se  desee ver participando de la actividad política. “Yo quiero que el médico esté libre cuando yo lo necesite, que sepa cómo y dónde ubicarlo” había dicho enfáticamente nuestra paciente.

 Una primera reflexión   que me animo a plantear para su discusión es sí,  ¿Debemos los médicos, a sabiendas que la sociedad en general y los colegas en particular no ven con buenos ojos nuestra participación en política, renunciar a sumergirnos en ese  desvalorizado ámbito donde diariamente se toman decisiones que influyen sobre todos nosotros?

Detengámonos unos momentos en algunas experiencias de médicos que tomaron el camino de la política y veamos sus resultados.

 “Somos un gobierno de científicos”, la altisonante frase pronunciada en los inicios de la pandemia por el ex presidente de la Nación repercutió, por entonces, favorablemente en todos los rincones de país. Detrás suyo, una decena de reconocidos profesionales posan, en medio de la peor pandemia de los últimos años, increíblemente sonrientes (dicho sea de paso, todos porteños) completando la escena que, todavía hoy, recordamos nítidamente.

Poco tiempo después todo cambió. Las decisiones políticas avasallaron las opiniones técnicas y como consecuencia, los profesionales quedaron atrapados en pésimas y poco recomendables regulaciones. La demora en la llegada de vacunas, la prolongación irresponsable de la cuarentena, sumado a la incapacidad de imponerse provocaron que en poco tiempo, la opinión pública los percibiera como cómplices del poder por lo que quedaron inmersos, sobre todo los que más se expusieron, en una maraña de suspicacias que como consecuencia previsible demolió todos sus antecedentes curriculares y su bien ganado prestigio provocando un fuerte repudio social que aún podemos percibir.

Reconocido médico de larga trayectoria, Diplomado como Sanitarista en la Academia Nacional de Medicina y Magíster en Sistemas de Salud; entre otros importantes antecedentes asumió su último segundo mandato ovacionado por sus seguidores al grito de “Tenemos Ministerio, tenemos Ministerio”.

Meses después, abandonado por sus amigos, debió renunciar a su cargo envuelto en el mayor de los escándalos de corrupción moral de la historia de nuestro país. El llamado “vacunatorio VIP” instalado a metros de su despacho sepultó en el absoluto descredito y para siempre todos los logros pasados ya que ese recuerdo tardará mucho en borrarse de la mente de los argentinos que pudimos observar atónitos la obscenidad descarnada de la impunidad política de la que no quiso o supo deshacerse.

Arturo Humberto Illía médico generalista se dedicó a la política desde muy joven. Radical, llegó a la Presidencia de la Nación en 1963 con sólo el 25% de los votos y el peronismo proscripto.

Solo tres años después abandonaba definitivamente la Casa Rosada empujado suavemente por dos policías que lo acompañaron a tomar un taxi.

Triste y pésimo final para este demócrata, a pesar que, justo es decirlo, mantuvo la proscripción a Perón que sin apoyo partidario y ante la indiferencia social sucumbió a las intrigas de propios y extraños que nos valieron a los argentinos años de una nueva dictadura que encabezó por entonces el teniente Gral. Juan Carlos Onganía.

 En 1954, el primer ministro de Salud de nuestro país Ramón Carrillo un destacado neurólogo y quien cambió la forma de ver la medicina imponiendo un fuerte impacto en la prevención fue acusado de masón, ultra católico y corrupto.

El hombre que se enfrentó con los laboratorios que erradicó plagas, multiplicó la construcción de hospitales entre muchos otros logros colisionó con el poder político que lo había llevado al centro de las decisiones. Echado por el General Perón debió huir al exilio. Años después murió   en la total ignorancia en Belem, un pueblito del norte de Brasil. Su cuerpo no pudo ser repatriado, como fue su deseo a su Santiago del Estero natal, sino hasta 1972.

 Entre muchos otros ejemplos destaco finalmente lo sucedido a Eduardo Lorenzo Borocottó que perdió toda credibilidad como reconocido pediatra al ser elegido como Diputado por el PRO y secretamente hacer una alianza con el kirchnerismo inscribiendo lastimosamente un nuevo neologismo “la borocotización”

Este recorrido histórico me activa algunas reflexiones. La primera es poder percibir todas las limitaciones que la política pone a los técnicos en general y como muchas veces quienes deciden encarar su ingreso al debate público, al compromiso político desde lo profesional, chocan contra la lógica y las necesidades de “la política”.

Todos hemos visto destacados colegas interesados en participar que debieron aprender rápidamente la lección que se les impone desde recién llegados. “Manda la política” (los políticos) y que sí quieren progresar o aspiran a ser tenidos en cuenta para ocupar lugares de cierta importancia alejados de lo estrictamente técnico, deberán aceptar esa máxima de ser “hombre de…” y muchas veces hasta se les hace necesario minimizar sus logros académicos resignando el tinte profesional que los caracterizan.

Como resultado de estas exigencias pocos médicos se interesan en participar en estas condiciones por lo que la sociedad en muchos casos pierde de muchos de sus mejores y más capacitados profesionales que en otras condiciones lo dejarían todo para contribuir al bien social.

Hace pocos días saliendo de la Facultad y de manera totalmente casual me encontré con el médico que tanto le habían recomendado a Noemí, y del que siempre pensé que era de la clase de persona y profesional que la sociedad necesita que se involucre en política. Al verlo, como siempre, tan simpático y afable no quise desaprovechar la oportunidad para preguntarle sobre su experiencia en la política viniendo desde la medicina.

Pensó unos momentos, se puso serio y me dijo “No encajamos en su sistema, no sé sí nos tienen miedo o qué pero sólo nos aceptan como técnicos, pero querés que te diga, YO voy a seguir insistiendo…